Nuestra vida la iniciamos sin un instructivo de procedimientos incluido, es así que la desarrollamos de acuerdo a cómo nuestro aprendizaje acumulado nos supone poder resolver distintas situaciones a lo largo del trayecto; a veces sólo inferimos qué es lo correcto. Nos encontramos frente a diferentes caminos por los que transitaremos de manera individual, o bien colectiva; donde algunas de estas buenas intenciones se convierten en proyectos que serán parte primordial de nuestra existencia: una relación de pareja, el estudio, una tesis profesional, un trabajo, etc. Sin embargo, los seres humanos vivimos en ciclos discontinuos a lo largo de nuestra historia debido a que dependemos de nuestras emociones y circunstancias afectivas, no tenemos la funcionalidad y la constancia de una máquina que de manera continua permanece en una productividad incremental sin distraerse y concretando resultados sin pretextos ¿Alguna vez ha escuchado a una computadora diciendo Creo que el día hoy sólo leeré unos textos pero no voy a escribir ningún ensayo porque no estoy de ánimo, tal vez mañana tenga mayor disposición? pero ¿cuántas veces has dejado para después algo urgente e importante? o ¿vives constantemente recordando el pasado y no avanzas en el presente?

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Los seres humanos a pesar de tener la convicción de cumplir sus necesidades y deseos como parte de sus procesos por trascender, muchas veces evaden el cumplimiento de éstos de diversas formas, como: repetir ciclos, retrasar los objetivos primordiales, o bien, simplemente dejar los proyectos a un lado del camino a través de llenar nuestra rutina con actividades circunstanciales sin relación directa a las metas finales. Hacemos esto porque suponemos que en un “allá y entonces” las cosas se irán resolviendo o desenredando por sí mismas, sin forzar nada, pues el tiempo y su inercia lo acomodarán. Todos de una u otra manera sabemos en el fondo de nuestro ser (sin engañarnos) que el tiempo es un mal solucionador de problemas y nos mentimos con este despropósito.

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Con la misma fuerza que deseamos lograr esas metas, generamos una serie de estrategias complejas y autojustificables que primero son actividades emergentes pero que de tanto repetirse se empiezan a convertir en cotidianas y terminan por convencernos a nosotros mismos de que lo ideal es posponer esa meta (esa que nos decidirá de manera trascendental el resto de nuestra existencia) para “algún buen día”. Inventamos una serie de pretextos diversos donde invertimos una gran cantidad de energía, tiempo y recursos e incluso estructurando justificaciones excelentes (muy razonadas e inteligentes -al menos para nosotros-) por los motivos que nos han llevado a no lograr aquello que deseábamos con tanta vehemencia hace algunos ayeres.

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Esto sería excelente pero desafortunadamente en el fondo sabemos que no estamos cumpliendo nuestros propósitos, eso hace que lleguemos a cargarnos de una ansiedad crónica (pues una voz constante dentro de nosotros mismos, dice que es un engaño). Esta ansiedad es acumulable porque sabemos de manera inconsciente que la meta se aleja cada día más del tiempo y las circunstancias esperadas, pero en una búsqueda de autorregulación nos convencemos de que es lo que se necesitaba en ese momento determinado. Tal vez puedas ubicar a esa persona (o ti mismo) que después de haber encendido el procesador de textos para finalizar el trabajo pendiente que determina una calificación final u oportunidad de trabajo, se distrae por horas con su red social o navegando por internet para que al final se encuentre demasiado cansado para terminar ese proyecto pendiente. Lo que refuerza diciéndote a ti mismo: Ya he estado demasiado tiempo frente a la computadora y no encuentro nada, mejor será dormirme ahora pues ya es tarde para realizarlo, mañana lo haré con más calma. Ese mañana se posterga a veces hasta varios días o surge una justificación increíble para solicitar más tiempo para su entrega.

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Puede ser que lleguemos a tal nivel de ansiedad que pensemos que la mejor solución a este problema sería abandonar el proyecto al que le hemos invertido tantos años y esfuerzo para cambiarlo por otro nuevo. Sí, así como se escucha, es frecuente que alguien que después de un tiempo de haber realizado un posgrado (invirtiendo tiempo, descuidando sus relaciones, gastar dinero, etc.) a medio trayecto de la realización de una tesis, llegue un punto donde piense que lo ideal sería: cambiar el tema de la tesis, iniciar una nueva tesis, dejar esa maestría e iniciar otra, o simplemente pensar que un posgrado no sirve para nada, sería mejor abandonarlo y dedicarse a cosas mucho más productivas. ¿Lo has escuchado?

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Desde los enfoques gestálticos implica que depositamos demasiada energía en el “allá-entonces” para evadir la responsabilidad de las acciones que implica esa toma de conciencia para confrontar aquello que estamos viviendo y que hemos sido nosotros mismos los que propiciamos las circunstancias de su realización.

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Hay veces que nos centramos demasiado en el pasado para justificar lo que sucede o por el contrario elevamos con gran intensidad las expectativas a futuro, tanto que nos frustramos porque al ser expectativas demasiado altas nunca suceden. Este tipo de autoengaños nos ayudan a evitar confrontaciones con el conflicto y los dejamos como asuntos inconclusos, que no se llevan a término y que solo evadimos.

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A menos que pudieran existir en la persona trastornos psíquicos severos que la alejaran de la consciencia por alteraciones de la percepción, aprendizaje, juicio o lenguaje el ser humano es capaz de estar en su realidad psicológica y física, para lo cual es indispensable hablar de dos elementos fundamentales de la consciencia. Uno de ellos, es el AQUÍ, ese momento inmediato que requiere del conocimiento del momento anterior y posterior y de ahí solamente podemos suponer el momento inmediato. Muchas veces todo esto es parte del efecto pues es imposible predecir y es donde entra en juego la creatividad. Otro de los elementos es el AHORA que es una fracción de espacio entre el pasado y el futuro, es una inferencia pues se basa en expectativas futuras que tienen como base las experiencias pasadas y necesidades actuales (Castanedo, 1981). Desde la psicoterapia el ser conscientes de este proceso nos ayuda a centrarnos en que vivamos en el momento un encuentro responsable con nosotros mismos, implica la toma de conciencia de lo que hacemos realmente en nuestras vidas, cómo lo hacemos y qué es lo que queremos o necesitamos en realidad. Nos ayuda a identificar dentro de nuestros propios recursos y posibilidades cómo podemos conseguirlo, lo cual también nos puede enfrentar conflictos pasados o asuntos inconclusos. Esto explica también que el dedicar demasiado tiempo a cuestionar el pasado o estacionarse en la planeación del futuro es huir de la responsabilidad de nuestro aquí y ahora, dejando la resolución de nuestra vida a un ejercicio mental más que a una acción determinada.

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El hacernos responsable de nuestro presente en el aquí y ahora es forma de vivir plena, libre y abiertamente en la búsqueda de mantenerse en equilibrio armónico con nuestra existencia.

Sobre El Autor

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