La identidad responde a la preguntas ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy en relación con los demás? Y en correspondencia con lo que soy ¿Qué quiero y puedo hacer con lo que soy? De principio, parecerían palabras muy sencillas en el desarrollo del ser humano, no obstante, son las pautas básicas para la formación de los sujetos que ante un proceso (o impacto) de discapacidad motriz cobran relevancia en el reconocimiento del mismo cuerpo con capacidades distintas en la inclusión de la vida cotidiana con los otros.

 

La identidad individual y social se construye a lo largo de la vida con diferentes referentes que alimentan lo que somos dentro de nuestro entorno social. Es evidente que estos remiten a la infancia, etapa que define nuestras vidas en todos los ámbitos de la formación humana, en la que el entorno familiar y social son escenarios determinantes que alimentan la relación entre el individuo y la sociedad.

 

Los enfoques sociológicos entienden a la identidad desde el proceso social en la construcción de la conciencia individual y estructura social. Dentro de los contextos sociales se encuentra la ubicación física (donde vivimos, la infraestructura, de accesibilidad, vías de salud, etc.) y los referentes de la vida cotidiana son parte fundamental en esta construcción de la realidad (Berger & Luckman, 1968). Por su parte, la mirada de la psicología se enfoca a la persona, donde se percibe y construye la identidad y como punto focal de la identidad emerge el autoconcepto que se define como “conjunto de juicios tanto descriptivos como evaluativos acerca de uno mismo. En él se expresa el modo en que la persona se representa, conoce y valora a sí misma” (Fierro & Cardenal, 2005, pág.1). El autoconcepto se alimenta por el entorno social, principalmente por las valoraciones de los padres en la crianza, la familia, la pareja, los amigos, etc. también lo determinan las actitudes mantenidas por el individuo hacia sí mismo, en todas sus facetas. Dentro de los factores que determinan el autoconcepto una variable significativa es la imagen corporal como parte de los atributos a valorar. Cada individuo construye un modelo o imagen de sí mismo que constituye un estándar con el que se comparan los movimientos del cuerpo, a lo que Baile (2003) denominó “esquema corporal”.

 

No hay que dejar de mencionar como un referente primordial el de Paul Schilder quien aporta al análisis multidimensional el concepto de imagen corporal al definirla de la siguiente manera: “La imagen del cuerpo es la figura de nuestro propio cuerpo que formamos en nuestra mente, es decir, la forma en la cual nuestro cuerpo se nos representa a nosotros mismos” (Schilder, 1950 pág. 11). La imagen corporal consiste en esa fotografía formada por las imágenes mentales en una representación del cuerpo que se cimienta en los factores biológicos, culturales, afectivos y ambientales.

Esta identidad física se fundamenta en el movimiento humano con lo que implica cada nueva postura, tono y organización espacial requeridos. Nuestra imagen corporal nos guía en nuestras acciones corporales y la interacción con el medio ambiente (Tavares, 2003, Adami, et. al. 2005, Tanuare & Duarte, 2008, Estrada, et. al.,2009)

La identidad dentro de la imagen corporal tiene un fuerte componente sociocultural pues el ser humano se relaciona consigo mismo y con otros, lo que determina valores sociales que influyen en la construcción de la imagen propia. Dentro de este vínculo sociocultural también se encuentran con los conceptos de belleza que maneja el mercado y la búsqueda de estereotipos. 

 

La persona con discapacidad motriz vive sin excepción esta comparativa de su imagen corporal (incluyendo sus movimientos) con los demás de su comunidad y los estereotipos ideales de belleza, lo que genera un reto importante en la adaptación emocional del sujeto y el soporte de las redes de apoyo como lo son los padres en la crianza y la pareja, incluso muchas veces en adaptación a la progresión de la discapacidad, la restricción de actividades, uso de medicamentos, dietas, intervenciones quirúrgicas e ingresos al hospital.

 

Este proceso implica un apoyo en la aceptación y reto en los aspectos emocionales que no originen aspectosnegativos que puedan devaluar el concepto de sí mismo del individuo sino por el contrario se entienda en su contexto y genere la búsqueda de espacios de desarrollo y construcción de una estima favorable.

 

Sobre El Autor

Licenciado en Psicología Clínica, por el Instituto de Estudios Superiores de Oaxaca. Oaxaca, México. Maestro en Educación en el Campo de Orientación Educativa y también Maestro en Psicoterapia Humanista, por el Instituto Universitario "Carl Rogers". Cuenta con un Doctorado en Programa Procesos de formación en espacios virtuales. Funciones mentales superiores en espacios virtuales y gestión de espacios virtuales de información y conocimiento de la Universidad de Salamanca, España y otro en Comprensión del Texto y del Discurso: Procesos Cognitivos y Aplicaciones Instrumentales (Doctorado con reconocimiento de la "Mención de Calidad" por el Ministerio de Educación y Ciencia), Universidad de Salamanca, España.

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