Entrevista imaginaria a Sarah Bernhardt (1844-1923), actriz francesa considerada como la mejor de la historia.

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 Solo hay cinco categorías de actrices: las malas, las regulares, las buenas, las muy buenas, y por supuesto, Sarah Bernhardt…

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Mark Twain, Autor norteamericano

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Siempre lo he dicho, las calles parisinas son de las más hermosas y aún más durante el otoño cuando el clima es templado, el aire fresco y las hojas color naranja flotan a montones por doquier. Las cosas no eran muy diferentes en 1922, año en el que me encuentro, cuando la gente aún se transportaba en carrozas y el bullicio de la ciudad no reflejaba a una ciudad que acababa de salir de una guerra apenas unos años atrás.

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Y aquí me encuentro, en el cementerio de Père Lachaise en París, lugar en el que yacen los restos de grandes personajes que han cambiado la historia del mundo y ahí, frente a la icónica tumba del genial escritor irlandés Oscar Wilde, quien le habría dedicado la obra Salomé, se encuentra una anciana sentada en una silla.

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Sus ojos eran de un azul profundo y su indumentaria la hacía lucir como la princesa de alguna leyenda legendaria. De hecho, las telas de su vestido cubrían por completo la ausencia de una pierna.

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Yo sabía perfectamente quién era: “La Divina Sarah” que se encontraba frente a mí. Una de las actrices más famosas de todos los tiempos estaba sentada a pocos metros, observando con tristeza el destino inevitable.

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Me acerco a ella, quien silenciosamente me voltea a ver; decido así dar inicio a mi entrevista…

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– Madame Sarah, ¿qué hace aquí?

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Es una pregunta un tanto complicada. Definitivamente soy una de las personas más conocidas en el mundo. A donde voy, soy aclamada, ya sea mi amado París, Londres o Río de Janeiro. Eso no desvía mis ojos del destino que siento se acerca a mí y a todos nosotros.

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Hoy vine a visitar a un antiguo compañero, Monsieur Wilde, a quien conocí hace tantos años y que ahora me parece que tan sólo fue un sueño.

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El tiempo corre muy rápido. Yo nací en 1844, hija de una prostituta de lujo y de un padre desconocido ¿quién creería que yo llegaría lejos? ¡Mi pasión por la actuación fue más grande que el destino en ese momento!

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– ¿Qué crees que es lo que te ha convertido en una actriz que ha alcanzado la excelencia?

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Siempre me interesó la actuación y estudié para ser la mejor desde que tengo memoria. Victor Hugo, Molière, Shakespeare, Racine, Wilde… ¡Todos sus libretos han pasado por mis manos! He interpretado a Salomé con la misma grandeza que a Hamlet.

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Mi estilo de actuación es natural y real. Siempre detesté las normas de la actuación clásicas y estudiaba cada texto, cada gesticulación, cada suspiro. La actuación involucra más que pararte en un escenario y escupir palabras: Cada acción del actor en el escenario debe ser el reflejo visible de sus pensamientos.

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Para ser un buen actor es necesario tener un alma firmemente templada, que no se sorprenda ante nada, reanudando cada minuto cada laboriosa tarea que apenas haya terminado.

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Mi vida siempre ha sido un sube y baja, con grietas oscuras al igual que con éxitos y aplausos. Llena de problemas familiares y amorosos, pero con un gran ímpetu que me ha hecho mantenerme firme a lo largo de los años.

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– ¿Podrías hablarme de cómo perdiste la pierna?

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Es una pregunta atrevida, pero te contaré: era tan sólo una niña cuando caí por una ventana y mi rodilla derecha se rompió. A pesar de que en ese momento sané, tuve problemas con esa articulación por siempre. Pero todo empeoró hace tan sólo unos años, en 1914. Durante una interpretación de “Tosca” fue que caí inevitablemente sobre el escenario lastimado nuevamente la misma rodilla. Al año siguiente, mi pierna tuvo que ser amputada.

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Cualquiera pensaría que una mujer de esa edad (en esos años tenía 71) se retiraría de una vida tan agitada ¡pero yo no soy cualquier mujer! ¡El show siempre debe continuar!

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Rápidamente me recuperé de la pérdida de mi pierna y organicé una gira por los Estados Unidos y una más para animar a las tropas francesas que iban a la guerra. Yo me hice la promesa de nunca dejar de actuar y cada día lo sigo haciendo ya sea en el cine o en el teatro, con grandes monólogos o dulces poemas.

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Mi condición física no pudo limitar mi movilidad en el escenario, ¡odio usar mi prótesis de madera!, siempre he pensado que lo más importante dentro de mi actuación radica en la proyección de mi característica voz, por la cual escasamente pasan los años.

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Ahora te pido que me dejes a solas. La tarde apenas comienza y yo tengo mucho en qué pensar.

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Así, me despido de Sarah Bernhardt, cuya sombra ligeramente se distingue en contraste con el monumento que sirve como lápida al escritor irlandés. El cielo rojo cobija la frágil figura de Sarah, quien moriría al poco tiempo y sería enterrada en el mismo lugar en el que ahora visita a su viejo amigo, en un evento multitudinario (más de 150 mil franceses fueron a rendirle homenaje).

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Sarah es un constante recuerdo de lo que es la perseverancia, la pasión y la excelencia, ya que nada se convirtió en un obstáculo para que ella viviera a cada momento lo que más amaba.

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Sobre El Autor

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