Nuestra forma de ser se construye a lo largo de la vida, principalmente en la infancia donde por influencia fundamental de los padres establecemos patrones de comportamiento respecto a lo que hacemos y la forma en la que lo realizamos.

Regularmente como nadie nos enseña a ser padres sino que aprendemos en el camino (básicamente improvisando) repetimos estilos de crianza que tuvieron nuestros padres con nosotros mismos. Estos estilos de crianza, no sólo son ejecuciones de hábitos y metas, describen los modos cómo los padres se vinculan con la manera de sentir las emociones de su hijo (Parenting Counts, 2016). Muchas veces los espacios reflexivos como la escuela, la psicoterapia, la guía de algunas personas, los momentos de crisis o la reestructuración de nuestros estilos de vida nos pueden llevar a cuestionar si sólo repetimos la educación que nos dieron nuestros padres o hemos tratado de curar algunas heridas y reconstruir nuevos proyectos de vida con nuestros hijos de acuerdo al momento histórico que se vive y su sistema de libertades (frecuentemente muy diferente al que vivieron nuestros padres). Si esto no es así, habitualmente sólo repetimos el patrón de comportamiento porque es lo que sabemos hacer.

Es así que encontramos padres y madres que educan a sus hijos con ciertas prioridades en el desarrollo social y emocional, siempre con las mejores intenciones de prepararlos hacia el futuro. Muchas veces esta preparación durante la niñez y adolescencia de los hijos está vinculada con las carencias, los logros, las faltas, los problemas y las preocupaciones que vivieron nuestros padres.

En psicoterapia escuchamos, ya en el discurso del ahora adulto, lo que algunos padres marcaron en el sistema de creencias por medio de su visión de la vida como lo más importante, dentro de lo cual escuchamos prioridades en: la seguridad, la limpieza, el orden, el status, la aprobación, la culpa, la responsabilidad, el éxito, el miedo, la competencia, el dinero, la dependencia, el no rendirse, el ser perfecto… y mucho más.

De todo lo anterior, regularmente no somos conscientes, ni los padres ni nosotros como adultos, pues vivimos en esa dinámica desde pequeños la creemos natural e inherente a cada hogar. Sin embargo, para hacer conscientes este tipo de comandos registrados en nuestro cerebro se requiere de ciertos niveles de autoconciencia sobre nuestro manejo de las emociones, nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y las tareas que creemos prioritarias en nuestras vidas.

Pero la influencia de lo que “debemos ser” y “como serlo”, no se queda delimitada por los padres, es un elemento esencial de la cultura. Como se hace evidente en el libro “Develando la Cultura Estudios en representaciones sociales” de Denise Jodelet y Alfredo Guerrero Tapia, donde en el capítulo “Amor, enamoramiento o necesidad” La elección de pareja desde una perspectiva psicosocial de Silvia Valencia Abundiz  (2000), hace indiscutible que la elección de pareja, no es necesariamente un hecho al azar, tiene que ver con lo que fuimos construyendo dentro de la familia y que los motivos para consolidar la relación de pareja se establecen por razones de diversa índole y magnitud. Aunque el deseo o la intención de los involucrados, es un elemento fundamental, intervienen elementos y factores familiares, sociales, económicos, religiosos, políticos e históricos, actuando paralelamente a la “razón” de los interesados en consolidar la relación de pareja.

Primero, los determinantes en la elección de la pareja tienen diferencias de una época a otra y de una sociedad a otra. Segundo, esto pertenece al dominio de las emociones humanas y a la elección misma. El encuentro o la elección de una pareja, luego de que en el pasado era realizado por los padres, en la actualidad los mecanismos por los cuales se define son prácticamente un misterio. El azar en algunos casos, una salida a algún bar, el amigo o amiga de la familia, o la convivencia con los compañeros de escuela son los referentes más generales de dónde o cómo se conoció a la persona con quien se compartirá una vida (Valencia, 2000, pág. 153).

En el contexto laboral, así como en otras áreas, también se hacen presentes los vínculos con lo construido dentro de los ámbitos familiares, tal como lo describe José Navarro Cendejas en su texto Experiencias y representaciones sociales del trabajo en jóvenes (2007). Este autor aborda las vivencias juveniles ante la creciente dificultad que implica incorporarse en el mercado laboral, aun cuando se ha estudiado una carrera universitaria. A partir del análisis de narraciones el autor identifica algunas de las representaciones que configuran jóvenes en situación de desempleo y subempleo con relación al trabajo donde éste no sólo tiene que ver con el desarrollo profesional. Entre sus resultados aparece cómo el trabajo está fuertemente asociado al logro, el salario, la experiencia, la autoestima y la competencia; herencias de la propia familia.

Muchas veces los padres establecen en la infancia límites rígidos (exagerados) respecto a las reglas, el orden y el control en las acciones y metas del niño. Esto en ningún momento se hace con mala intención, al contrario, los padres buscan que los hijos a través de esta disciplina sean altamente exitosos y cumplan con los deberes de manera urgente. Con lo anterior no se está diciendo que no sea importante la disciplina y la formación de hábitos en un infante, sino cuando ésta llega a ser la única prioridad, no se le da la misma importancia a la parte lúdica, al disfrute y al momento sin planeación.

Este tipo de formación tiene aspectos positivos, ya que logra personas que suelen ser perfeccionistas, enfocadas en los detalles y meticulosas. Tienen como prioridad la planificación de actividades que previene en el futuro todo lo posible y evitan problemas o imprevistos, por lo mismo, suelen ser puntuales en sus actividades, respetuosos con los convencionalismos sociales y cumplidos con las normas. A esto viene un reconocimiento social y laboral por parte de profesores, entrenadores, jefes y compañeros de trabajo; por hacer lo correcto en tiempo y forma.

Sin embargo es un patrón de comportamiento por lo que no disfruta plenamente sus éxitos, a pesar de tender a hacer sus actividades planeadas y con controles que buscan resultados perfectos pues su nivel de exigencia (habituados desde la infancia por hacer las “cosas correctamente bien”) les hace preguntarse continuamente si en realidad “se están haciendo bien las cosas” o si algo (un detalle) está mal. Esta exigencia constante establece un resultado de temor e indecisión por cometer errores, lo cual difícilmente se perdona y se reclamará infatigablemente.

Esto no sólo le afecta a ellos, que viven en la constante autoexigencia del trabajo, el deporte, la alimentación, la casa, la economía, etc. Sino a todo aquel que convive con estas personas, ya que para los hijos, la pareja, los compañeros de trabajo, los amigos y gente cercana se vuelve molesto el que lo prioritario sean las rutinas rígidas acompañadas de ansiedad y frustración; debido a que intenta (muchas veces lo logra) que todos con los que se relaciona se involucren con estas formas y metas personales. Ante la ansiedad de que las cosas no se realicen de manera adecuada tiene fricciones con las personas más cercanas pues muchas veces prefieren terminar haciendo todo personalmente o a supervisar minuciosamente las tareas que encargan a los demás, derivando en conflictos laborales y personales por cubrir sus necesidades e ideales, contrario a la satisfacción personal y no colectiva. Viven atemorizados por lo que los demás pueden decir de ellos y se justifican racionalmente por cada actividad que se asigna a sí mismo y a los demás por entender un bien común.

Hay una constante necesidad por autodefinirse en sus acciones cotidianas por un ideal que sólo cabe en su mente (muchas veces los demás no se lo piden), no se concede la posibilidad de ser y estar, disfrutar el momento sin exigencias. Le es muy difícil respetar e integrarse al ritmo y prioridades de los demás como ser social, al darse la oportunidad de recibir y dar en la medida de las capacidades y estilos de los que lo rodean, pues su dificultad para pedir ayuda es grande, esto lo interpreta como una debilidad, lo que hace que puedan estar más dispuestos a dar que ha recibir, debido a que recibir los sitúa en un nivel más elevado de admiración y respeto.

Su gran reto emocional es romper la dificultad de afrontar las incertidumbres cotidianas, de convivir con la falta de control y del mismo modo aprender a disfrutar sin planeación el momento. Esto que puede parecer tan sencillo es un gran esfuerzo para el autoexigente donde se tienen que dar las condiciones muchas veces, incluso, de aislamiento involuntario para lograrlo, ya que aunque se da cuenta de que darse la oportunidad de hacer lo que le gusta o disfruta le ayuda a confiar y crecer, sin embargo pareciera que la libertad es un lujo que no se puede permitir.

Alejarse del miedo de que algo puede salir mal y sus consecuencias, dejar que su alerta de estar pendiente veinticuatro horas de todo, que se desconecte por un momento para disfrutar lo que vive y ha conseguido, así como mantener el equilibrio, principalmente con el trabajo al entender que éste no se termina nunca, pues es que en esta época en la cual nos tocó vivir, se convierte en una cadena de tareas y alternativas que se secuencian de manera interminable y que si le dedicamos todo el tiempo de nuestra vida ganamos una cosas (principalmente dinero y estatus) pero perdemos otras más importantes como pueden ser la familia, principalmente la convivencia con los hijos, el disfrute de la pareja, los espacios con los amigos, ese hobbie que se disfruta tanto aun cuando los demás no le encuentran sentido pero para cada quien es especial y sobre todo el espacio con uno mismo, el cual es muy difícil de recuperar pues son momentos de reflexión y crecimiento que nos llevan al cambio pero que desafortunadamente al autoexigente le preocupa y lo ve como un desperdicio al no atender sus prioridades.

Regálate tiempo para reflexionarlo.

Bibliografía:

Navarro, J. (2007). Experiencias y representaciones sociales del trabajo en jóvenes. En T. Rodríguez, & M. García, Representaciones sociales. Teoría e investigación (págs. 283-310). Guadalajara: Universidad de Guadalajara.

Parenting Counts. (2016). Los Estilos de Crianza. Recuperado el 1 de mayo de 2016, de Parenting Counts: http://www.parentingcounts.org/professionals/parenting-handouts/informacion-para-los-padres-los-estilos-de-crianza.pdf

Valencia, S. (2000). Amor, enamoramiento o necesidad. La elección de pareja desde una perspectiva psicosocial. En D. Jodelet, & A. Guerrero, Develando la Cultura. Estudios en representaciones sociales. (págs. 153-186). México: UNAM.

Sobre El Autor

Licenciado en Psicología Clínica, por el Instituto de Estudios Superiores de Oaxaca. Oaxaca, México. Maestro en Educación en el Campo de Orientación Educativa y también Maestro en Psicoterapia Humanista, por el Instituto Universitario "Carl Rogers". Cuenta con un Doctorado en Programa Procesos de formación en espacios virtuales. Funciones mentales superiores en espacios virtuales y gestión de espacios virtuales de información y conocimiento de la Universidad de Salamanca, España y otro en Comprensión del Texto y del Discurso: Procesos Cognitivos y Aplicaciones Instrumentales (Doctorado con reconocimiento de la "Mención de Calidad" por el Ministerio de Educación y Ciencia), Universidad de Salamanca, España.

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