La palabra inclusión es un derivado lingüístico de la familia léxica latina de Claude (cerrar) y su participio Clausus (cerrado), se forma con el prefijo in (en el interior, lo que está adentro de) y con el derivado de Clausus, la inclusión entonces se referiría a todo aquello a lo que se le permite entrar o pertenecer a un grupo con límites ya establecidos.

 

Es interesante ver cómo este concepto está enlazado con la idea de cerrar o de entrar en un espacio delimitado en un grupo organizado o estructurado; en primera instancia alguien podría considerarlo un concepto extrañamente snob y limitado, pero sólo se verá así si uno piensa en, precisamente, grupos cerrados y pequeños ya que el concepto puede aplicarse a grupos tan grandes como la sociedad misma o la especie humana.

 

El ser humano es una criatura gregaria en términos generales, y aunque actualmente hay una tendencia a validar la soledad como el estado ideal en que un ser humano puede desarrollarse, basta con  prestar algo de atención a los medios de comunicación actuales o a ciertas cosas que se dicen en los foros y en las redes sociales -que ironía por cierto- sobre las bellezas de la soledad. La realidad es que un ser humano no podría hacer gran cosa sin tener cierto contacto con sus iguales, aunque sea para discutir, esta oportunidad de convivir se le ha negado muchas veces a la población con discapacidad, la cual ha sido y es en muchos casos “escondida” del ámbito público, a veces con una idea errónea de protección -la calle, el exterior, puede ser peligroso, lo es para alguien sin discapacidad, más aún para alguien que no puede ver o que no puede caminar por sí misma, mejor te quedas en casa y no te arriesgas a tener un accidente- o en otras ocasiones, y aún peor, por mantener un estatus social o idea de éxito rota: cómo voy a presentar a este hijo, a esta madre o a este amigo ante mis otros conocidos y amistades, no es la imagen de hombre o mujer exitosa que soy.

 

Considerando lo anterior, el hecho de enfrentarse con el exterior, con la calle y la vastedad del campo, resulta ser el acto más grande de libertad que uno se puede dar y en el caso de las personas con discapacidad el mejor derecho que podemos otorgarles: un verdadero ejercicio de inclusión e independencia.

 

En “El arte del paseo inglés”1  encontramos las vivencias y reflexiones que grandes escritores y pensadores ingleses del siglo pasado realizaron sobre esa sensación “del exterior”, del convivir con el espacio público, con la inmensidad de las ciudades o la belleza de la naturaleza. No excluyen en sus pensamientos la necesidad de la soledad, pero no intentan tampoco validarla como el mejor estado de vida al que un ser humano puede aspirar, fueron lo suficientemente inteligentes para saber discernir  entre los momentos cuando la soledad es necesaria y los momentos cuando el encuentro con otros ánimos e ideas son valiosos y felices, por poner un ejemplo transcribo aquí un fragmento del ensayo “Salir de paseo” del escritor, crítico literario y pintor William Hazlitt2  que no sólo me servirá para ilustrar las diferencias y bondades tanto de la soledad como de la sociabilización, sino que me ayudará también a acentuar la importancia que tiene el abrirnos al mundo como un ejercicio feliz, necesario para cualquier ser humano, cuanto más para una persona con discapacidad:

 

“Denme un cielo claro y bien azul sobre mi cabeza, algo de superficie verde bajo mis pies, un camino sinuoso por delante, tres horas de marcha antes de la cena… y entonces, ¡a pensar!… río, corro, brinco y canto de alegría. Desde la altura de aquella nube lejana vengo sumergiéndome en mi pasado y festejo como el indio que, tostado por el sol, se entrega a una ola que lo conduce de vuelta a su tierra de origen… y comienzo a sentir, a pensar, y vuelvo a ser de nuevo yo mismo.

 

De manera que, cuando paseo, me contento con hacerme de una dotación de ideas que sólo más adelante habré de disecar y examinar. Por una vez, me gusta hacer todo a mi manera, lo cual es imposible si no me encuentro solo o estoy en compañía de alguien con quien no congenio. No pongo reparos a la posibilidad de discutir, a lo largo de un camino llano de treinta kilómetros, sobre cualquier asunto con quien quiera, pero no lo haría por placer”.

 

¿Se da cuenta querido lector?, el salir y enfrentar el exterior permite al ser humano reconectarse. En su modalidad solitaria reflexionamos y pensamos sobre nosotros mismos y tenemos la oportunidad de volvernos a localizar en el aquí y en el ahora. No sólo eso, la sensación del exterior también nos obliga a caer en cuenta de nuestro entorno, nos obliga a prestar atención y eso nos otorga la oportunidad de crear incluso temas de conversación para nuestra modalidad sociable, como de nuevo nos comenta Hazlitt3:

 

“Concedo que hay un tema sobre el que suele ser muy placentero conversar durante los paseos: lo que nos gustaría cenar cuando lleguemos de noche a la posada…. Esos momentos, memorables en la historia de nuestras vidas, son tan inapreciables, tan llenos de sólida y sentida felicidad… prefiero guardarlos todos para mí y exprimirles hasta la última gota: más adelante los podré comentar o escribiré sobre ellos”.

 

Y en nuestra modalidad sociable tenemos, como humildemente comenta Hazlitt, a la comida y al acto de comer, acto sociable por naturaleza y que muchas veces nos lanza de nuevo a enfrentarnos al exterior, en restaurantes, bares y fondas, donde podemos comentar las vivencias del día a día y de nuestras andanzas por calles y avenidas, campos y llanuras.

 

A una persona con discapacidad a la que se le priva de la oportunidad de salir y convivir con su entorno, se le priva de todo lo que he venido comentando hasta este momento.

 

Estas cavilaciones me llevan a abordar otro tema que compete a estos conceptos, se trata de la tecnología de la información y como ésta ha ido transformando al mundo, sus alcances los podemos ver diariamente, la (red) Internet y los medios digitales han convertido al mundo en un pañuelo, donde las distancias son salvables y las respuestas inmediatas. Personalmente, creo que esta inmediatez de las cosas es un arma de dos filos.

 

Por un lado el comercio, las relaciones sociales y el conocimiento se obtienen de una manera muy sencilla, se pueden comprar productos o servicios que llegan a nuestros hogares con el simple click de un botón o la digitación en una pantalla, se puede llevar una plática con alguien que vive a kilómetros de distancia de nosotros incluso en un idioma distinto a nuestra lengua nativa, se encuentran datos y se resuelven dudas de manera inmediata sin necesidad de gastar horas de investigación. Y precisamente estas ventajas han creado sus contrapartes, las cuales muy pocas personas distinguen o comprenden, el hecho de que puedas comprar y recibir cosas sin necesidad de moverte promueve el sedentarismo, le quita el gusto a la experiencia de escoger y analizar un producto, y si por alguna razón el producto comprado a través de internet (como la ropa por ejemplo) no cumple con las expectativas de calidad o funcionalidad prometidos, se tiene que gastar más tiempo en cancelar la compra o pedir un cambio de producto, en su caso la reintegración del dinero invertido, cosa que a veces es tremendamente tortuoso por que las empresas se encargan de hacerlo así, y sí, podemos comunicarnos y tal vez hacer amistad con alguien que vive en Japón, pero lo interesante sería, ya que se hizo la amistad, quizá tener la oportunidad de ir a Japón y conocer a la persona en cuestión… pero para qué ¿verdad? eso sería entrar en un nivel de conocimiento del otro como individuo, esto es algo que implica cierto grado de respeto y responsabilidad que la verdad no queremos tener.. Y qué decir de la información como tal, muy pocas personas entienden, o es más, ni siquiera les pasa por la cabeza que no todo lo que está publicado en la Internet es verídico o es correcto, mucha información es copia de la copia de la copia del error que alguien escribió en la red, no se comprende que cualquier dato debe de ser siempre comprobado, muchas veces (me acuso de ser un pecador contra el dios “buscador” por lo que voy a escribir a continuación) investigando las fuentes o los datos fuera del internet, mediante la experiencia propia o la investigación en otros medios.

 

Estamos ante la aparición de los ermitaños tecnológicos, personas que viven por y para la creación de contenido digital, que sociabilizan sólo por medio de la computadora o la telefonía móvil, incapaces muchas veces de sobrellevar una relación humana en el mundo real ya que no saben manejar el concepto de conflicto, inherente al ser humano, que no pueden o les cuesta mucho trabajo tomar decisiones sin consultar los trending topics y que además son incapaces de desprenderse de sí mismos, y esto último es una de las cosas más dolorosas que el mal uso de la tecnología puede provocar, a veces es necesario desprendernos de nosotros mismos, abandonar por un tiempo ese cuarto, esa casa, esa oficina en la cual se enredan muchas de nuestras memorias, donde los objetos nos recuerdan lo que hemos hecho y lo que somos. No se trata de rechazar esas memorias, sino de descansar de ellas, por qué, quién puede soportar volver sobre los mismos pasos por siempre para crear nuevas memorias, para seguir el camino hay que olvidarnos de nosotros mismos en algunas ocasiones y sólo así empezar a ver al otro y al mundo. ¿Cómo creen que se sienta una persona con discapacidad cuando pasa todo el tiempo de su vida en un lugar donde muchas cosas le recuerdan precisamente eso, que tiene una discapacidad? La tecnología comunica y facilita muchas cosas en la vida tanto de personas con discapacidad como de personas sin ella, pero también puede reducir a un individuo a su mínima expresión, obligándolo a ser sólo lo que sus recuerdos le dicen qué es, no tiene la oportunidad de descubrir nuevas cosas en los otros ni de olvidarse de sí mismo por un tiempo.

 

No me queda más que el deseo de que este artículo haya sido de su agrado, y que podamos reflexionar  que la vida también se da y puede ser más rica si nos atrevemos a enfrentarnos al exterior, que reflexionemos sobre la necesidad de que las personas con discapacidad tengan también esa oportunidad, debemos dárnosla  y dárselas  a manos llenas, para quizá, volver a encontrarnos y reconocernos.

Sobre El Autor

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